martes, 5 de diciembre de 2006

¿Qué tiene de romántico un asesinato?

Pues mucho, aparentemente. En una entrada anterior, reflexionaba sobre la belleza de las violentas fotografías de Weegee. Y tirando un poco del hilo y del argumento, me da por pensar en cómo hemos llegado ha idealizar tanto a algunos de los personajes más espeluznantemente siniestros de cuantos han formado parte la azarosa historia de la humanidad. Me refiero a los piratas, que llevan unos cuantos siglos sugestionando nuestra imaginación y fascinándonos desde que somos bien pequeños. Lo paradójico del caso es que estos tipos, que desgraciadamente existieron en realidad, al margen de su temeridad y su audacia hija de la desesperación, no tenían ni una sola virtud digna de elogio. Eran crueles, feos, sucios e ignorantes. Es más, hoy en día serían denostados cómo vulgares y despiadados asesinos con un desprecio absoluto por la vida humana. Cierto es que el contexto histórico no es el mismo y que afortunadamente, el concepto de la moral también ha evolucionado desde entonces. Pero aún así, no debería de haber paliativos para juzgar los actos de nuestros amigos del parche y la pata de palo. ¿ Alguien se atrevería hoy en día a elogiar públicamente al delincuente que comete un secuestro-exprés? ¿O a los paramilitares y mercenarios del narcotráfico, que asolan los campos de Sudamérica, aniquilando poblaciones enteras? ¿O a los señores de la guerra que campan por sus respetos en África, empalmando un genocidio tras otro? Sin embargo, tan sólo hace falta que el tiempo pase y que los artistas entren en acción para que la historia se deforme hasta transformarse en leyenda. De hecho ese es le caso no sólo de los piratas, sino también de los pistoleros del Viejo Oeste, de los gángsteres de la Ley Seca y más recientemente de los mafiosos que pueblan las películas de Coppola y Scorsese. Todos ellos delincuentes, que han sido elevados a la categoría de héroes por escritores y cineastas. Lo dicho, curioso poder el del artista, capaz de convertir la podredumbre en esplendor.
Porque, aunque nos pese, ¡qué maravillosas son las historias de piratas!



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